A los que aún creen: no estamos solos.
Gracias por estas palabras valientes, necesarias, humanas. Nos interpelan desde lo más profundo: nos confrontan con una historia de dolor que no solo pertenece a una región, sino a la humanidad entera. Porque aunque muchos nunca han escuchado una sirena de ataque ni han hecho fila por pan, todos hemos sentido, de una forma u otra, cómo la desesperanza intenta instalarse en el alma cuando la injusticia se vuelve rutina.
Pero la esperanza no muere porque la firme alguien en un tratado vacío, ni desaparece porque el sistema la ignore. La esperanza, como el arte, sobrevive incluso en los escombros. Y lo sabemos porque seguimos creando. Seguimos dibujando, escribiendo, soñando.
Hay algo profundamente revolucionario en el acto de mantener la esperanza. Porque, como bien se dice en estas líneas: “Nuestro pequeño número es mayor que la desesperanza.” Qué frase tan poderosa. Qué verdad tan clara.
Tal vez el arte no detenga una bomba. Pero puede evitar que la desesperación se vuelva norma. Y eso es algo. Eso es mucho. Por eso seguimos. Porque cada trazo, cada palabra, cada caricatura que se niega a pintar solo lo oscuro, es un acto de resistencia.
No, no vamos a idealizar el mundo. No vamos a cerrar los ojos al dolor. Pero tampoco vamos a cerrar el corazón al cambio.
Seguimos dibujando, seguimos creyendo.
Y mientras alguien más lea estas páginas y diga: “yo también sigo aquí”, sabremos que todavía hay futuro.
No, Dios, no te lleves nuestra esperanza.
Porque aún la necesitamos para reconstruir lo que nos han querido arrebatar.
Con respeto, con fe,
Gloría Narváez
Investigadora antropológica | Consultora cultural | Poeta | Articulista
Ecuador






























